Contemplando al ser humano en contexto

“La vida es tan frágil y el presente es tan pleno”
-Francisco Varela.

Introducción: Tomar perspectiva para poder apreciar

Por momentos tomo consciencia que mi vida- y nuestras vidas- son breves, y al ser breves emerje en mi una curiosa sensación de vulnerabilidad. Veo a mi hijo de 1 año y 7 meses caminar y sonreir, y me doy cuenta que hace muy poco él no estaba; por otro lado hace pocos meses acompañé a mi padre en sus últimas horas de vida, tras vivir una vida más larga que la mía él ya no está.

¡Cuán breve y valiosa es esta curiosa vida humana que compartimos!

Al comenzar este escrito me gustaría invitarlos a realizar un curioso ejercicio, el de observar nuestra vida humana en contexto, mirándola desde una perspectiva amplia, la más amplia que nos sea posible.

Lo que logro intuir es que para poder apreciar algo es necesario observarlo desde una amplitud mayor de la habitual, sólo entonces podemos comprender de mejor forma lo que observamos, apreciándolo en el contexto en el cual están.

El ejercicio que les propongo hacer es que metafóricamente subamos a la cima de una montaña para mirar con la mayor amplitud que nos sea posible lo que implica ser un ser humano, reconociendo que nuestras contradicciones, nuestros temores y nuestras alegrías cotidianas se enmarcan en un contexto más amplio.

Si vivimos sin tomar perspectiva corremos el riesgo de sufrir enormemente, podemos darle una excesiva importancia a cosas que no la tienen, y al revés, podemos pasar por alto u omitir aspectos que si son relevante.

Sí, por curioso que parezca, les invito a mirar nuestra humanidad compartida en contexto. Tener esta visión ampliada nos permitirá contemplar el valor que tenemos como seres sintientes y como especie.

El ser humano en contexto

Para tratar de contemplar al ser humano en contexto consideraremos tres perspectivas que se complementan.

Primero desarrollaremos una perspectiva temporal, donde miraremos al ser humano en el contexto del tiempo (perspectiva macro), luego consideraremos algunos de los sorprendentes procesos que permiten que nuestras vidas sea posible, específicamente nos centraremos en el cerebro (perspectiva micro). Finalmente, miraremos la vida humana teniendo presente dos certezas existenciales (la del nacimiento y la de muerte), las cuales también contextualizan nuestras vidas.

El ser humano en el contexto del tiempo

¿Cuánto duran nuestras vidas? ¿Es mucho o es poco tiempo?

Resulta interesante reconocer que la expectativa de vida de un ser humano en los paises occidentales suele estar entre los 75 y 85 años. Si tomamos en cuenta este periodo de vida en el transcurso del tiempo de existencia que tiene el Universo, reconociendo la edad que tienen todas las otras cosas que existen y también considerando el flujo de la vida, notaremos que este tiempo es apenas un breve pestañeo, no es más que un mínimo destello aparecido en los últimos momentos en la historia del tiempo.

Hoy los científicos concuerdan que el Universo se inició hace aproximadamente 13.800 millones de años (Hinshaw, G. et al., 2008), una cifra que apenas podemos dimensionar. Desde ese curioso momento en que el Big Bang dio origen a todo lo que es. Ese instante es el pasado más remoto al cual podemos aspirar a conocer, y desde ese momento el Universo ha seguido un ininterrumpido e inconmensurable viaje de expansión.

Luego de ese primer momento pasaron miles de millones de años hasta que se formó la primera estrella del Universo, y luego pasaron otros varios millones de años hasta que comenzó la formación de la vía láctea (hace unos 11.000 millones de años aproximadamente). Hace unos 4.600 millones de años se habría formado el Sol. Es decir, desde que se originó el Universo hasta que se comenzó a formar el Sol pasaron alrededor de 9.300 millones de años (Tafalla, 2002), transcurriendo entre ambos eventos más de la mitad del tiempo total de existencia del Universo, y el planeta tierra y la vida que en ella habita (incluyéndonos) aún no estaba ni en vísperas de aparecer.

Tuvieron que transcurrir otros varios millones de años para que la vida como la conocemos emergiera, hace unos 3.500 millones de años aparecieron los primeros seres vivos (Badii, Mohammad H., Landeros, Jerónimo, & Garza, Victoriano, 2008). No sabemos cómo, ni sabemos exactamente la forma que tuvieron, pero seguramente surgió una vida simple y microscópica, estos microbios pioneros seguramente emergieron desde las profundidades del océanos y generaron un cambio cualitativo. De estas primeras formas de vida, probablemente muy diferente a como la conocemos hoy, surgieron los primeros organismos multicelulares; luego aparecieron especies cada vez más complejas y por lo menos durante unos 100 millones de años fueron los dinosaurios quienes gobernaron en el planeta tierra.

Los primeros seres humanos comenzaron a habitar la faz de la tierra recién hace unos 1.5 millones de años (Gibbons, A., 2009). Primero organizados como tribus nómades y luego como tribus agricultoras, las primeras pinturas aparecieron recién hace unos 30.000 años (recién aquí dejamos de contar en millones de años), mientras que hace “apenas” unos 10.000 años el ser humano comenzó a asentarse, la escritura fue un invento de hace unos 6.000 años, 6000 años que son el apéndice de una historia mucho más antigua. En este contexto podemos reconocer que nuestros 75 u 85 años de vida son en verdad breves.

Los seres humanos estamos recién abriendo los ojos a reconocer el lugar que ocupamos en el tiempo del Universo y de la vida, basta pensar que el primer telescopio fue construido alrededor del año 1609, es decir hace un poco más de 400 años (Arce Sainz, F., 2009). Recién hace 4 siglos dimos el primer vistazo a los cuerpos celestes más cercanos, y en los últimos 50 años se han desarrollado avances y descubrimientos científicos que nos están llevando a redefinir todo lo que sabíamos antes. Nuestra visión del cosmos se va ampliando, y con ella la visión que tenemos de nosotros mismos.

Considerando la historia del tiempo de la cual formamos parte, no nos queda más que adoptar una posición de humildad y gratitud, si bien somos seres valiosos, no lo somos por mérito individual, ya que somos herederos de una larga cadena de descendientes que han permitido que estemos vivos hoy. Además, sin una serie de condiciones que van más allá de nosotros no podríamos estar con vida. En el basto Universo nuestra vida humana, breve y pasajera es un genuino milagro.

Nuestras vidas son parte de un extenso eslabon de vidas, que no se remonta sólo a nuestros antepasados directos, sino a innumerables seres humanos y seres vivos que han permitido que estemos vivos habitando este planeta.

El tiempo de vida de un ser humano

Gracias al avance de la ciencia y de las condiciones higiénicas y de nutrición, los seres humanos hemos ampliado las expectativas de vida en el último siglo, que como dijimos nos han llevado a poder vivir entre 75 y 85 años, y que probablemente se seguirá ampliando un poco más.

Aunque hoy pueda parecernos natural vivir hasta los 80 años, esto es algo relativamente reciente en la historia humana y es algo nada de natural, recién en la segunda mitad del siglo XXI varios países superaron la expectativa de vida de los 70 años, a modo de ejemplo, en Chile en el año 1910 la esperanza de vida llegaba apenas a las 26 años (INE, 2010), en el año 1950 la expectativa de vida aumentó hasta los 54 años, aumentando luego de 40 años a un poco más del doble, mientras que para el periodo 2015 y 2020 la expectativa de vida de los chilenos es de 79 años (MINSAL, 2015).

En síntesis, en el último siglo hemos vivido una transformación sorprendente, en la época actual vivimos casi 3 veces más que a principios del siglo XX, y ni hablar si lo comparamos con la expectativa de vida de los siglos anteriores, en apenas 65 años la esperanza de vida aumentó en 25 años, cifras impensadas hace apenas un siglo atrás.

Todos estos datos nos muestras que vivimos en un mundo nuevo y sorprendente. Son los recientes cambios en nuestra forma de vida lo que nos han permitido vivir más tiempo y que nos están llevando a afrontar nuevos desafíos de salud y bienestar.

El aumento en la esperanza de vida refleja por un lado que podemos vivir más tiempo, hoy tenemos casi 50 años más para vivir en comparacion con los primeros años del siglo XX, hoy “tenemos más vida disponible”, pero esto no nos dice nada sobre la calidad de vidas que estamos llevando, ni menos nos dice sobre cómo vivirla.

Recapitulando lo anterior, podemos ser conscientes que la vida humana es uno de los últimos eslabones de una historia mucho más antigua, y aún cuando nuestras expectativas de vida se han ido ampliando, somos unos recien aparecidos en la historia del Universo.

Considerando el contexto del tiempo, nuestras vidas son realmente breves y sorprendentes, lo cual se refleja también en los sorprendentes procesos naturales que se desarrollan y que permiten que la vida exista.

El Ser humano, un ser sorprendente e insondable

Si ahora llevamos la mirada al propio ser humano, también podemos tomar perspectiva de lo sorprendente y compleja que es esta vida, podemos darnos cuenta que resulta ser un pequeño-gran universo en si mismo, sorprendente e insondable.

Aunque son muchas las características que reflejan lo sorprendente que es el ser humano, pondremos especial atención a las característica de uno de sus órganos, el cerebro.

El cerebro humano pesa alrededor de 1500 gramos (1½  kilo), y contiene nada más ni nada menos que 1,1 billones de células, de las cuales 100 millardos son neuronas, cada neurona establece unas 5000 sinapsis, que son las conexiones entre neuronas (Linden, 2007). Una neurona típica se dispara entre 5 a 50 veces por segundo, es decir en unos pocos segundos, miles de millones de señales atraviesan de un lugar a otro del cuerpo.

El cerebro es tan activo que, aunque sólo supone un 2% del peso corporal, consume entre un 20 a 25% del oxígeno y la glucosa del organismo. El cerebro tiene un gasto homogéneo de energía, tanto si uno duerme como si está se está pensado intensamente (Raichle & Gusnard, 2002)

El número posible de combinaciones de las 100 millardos de neuronas (disparándose o no) es aproximadamente de 10 a la millonésima potencia (un 1 seguido de 1 millón de ceros), un número mucho mayor que el de átomos que existe en todo universo, que es de “apenas” 10 a la octava potencia (Hanson & Mendius, 2009). El cerebro es un órgano sorprendente.

Uno de los hallazgos más sorprendentes en la investigación sobre el cerebro, tiene que ver con la evidencia que muestra su flexibilidad y dinamismo. Hoy existe evidencia que el cerebro puede reforzar o disminuir la actividad de las neuronas, e incluso más, tiene la capacidad de producir nuevas neuronas o que se especialicen nuevas funciones de áreas cerebrales que cumplía otra función.

Contrariamente a lo que se pensaba hace pocos años, (que el cerebro era un órgano estático y que no podían regenerarse nuevas neuronas) hoy los estudios en neuroplasticidad reflejan exactamente lo contrario. La investigación de Fred Gage y su equipo (2016) demostraron que con ratas de laboratorio, después de un entrenamiento podían aumentar el volumen de su cerebro en un 15%, pasando de una media de 270.000 a 317.000 neuronas.

En seres humanos el investigador sueco Peter Eriksson y su equipo (1998) demostraron que se generaban neuronas en la zona del hipocampo (área asociada al aprendizaje y la memoria) incluso poco antes de que una persona falleciera.

Producto del entrenamiento sistemático diversas investigaciones han mostrado cambios estructurales en diferentes áreas cerebrales, un ejemplo es el estudio con violinistas que coordinan los movimientos de sus manos y los sonidos (Elbert, et al, 1995), y también a un grupo de taxistas londinenses, quienes diariamente deben memorizar nombres de calles y en quienes se sabe que el hipocampo es más voluminoso en comparación con quienes no tienen este entrenamiento (Maguire, Woollett, & Spiers, 2006). Hay estudios con meditadores que corroboran la existencia de cambios estructurales en diferentes áreas, tales como la ínsula, anterior, la corteza sensorial y prefrontal.  (Lazar et al., 2005; Tang et al., 2010; Treadway & Lazar, 2009).

En síntesis, existe importante evidencia que está mostrando el carácter plástico del cerebro, que este se va transformando y adaptando producto de las prácticas sostenidas en el tiempo.

Dando un paso más allá, podemos entender al cerebro como un órgano que interactúa con múltiples sistemas del cuerpo, que a su vez interactúan con el medio ambiente circundante, y en un sentido amplio, la mente está formada por el cerebro, el cuerpo, y también por el mundo natural y social en el cual habitamos, además de la mente misma (Thompson y Varela, 2001).

El cerebro humano y más allá de él, nuestra mente corporizada y social nos permite darnos cuenta de nosotros mismos y de todo lo que nos rodea, vivimos gracias a una compleja red de conexiones y relaciones que permite que existamos, y que permite que seamos conscientes que existimos, un doble milagro.

Al mirar nuestras vidas desde esta perspectiva, podemos reconocer que en varios sentidos tenemos vidas frágiles, a la vez que complejas e inesperadas, si cultivamos una mayor consciencia de nosotros mismos y de los demás podemos aprovechar este regalo que nos es dado, el de estar inesperadamente vivos y el de ser conscientes.

Hoy en promedio vivimos unos 29.200 días de vida y el cómo los vivimos depende en gran medida de nosotros.

Al final de cuentas ¿De qué podemos estar seguros?

Habiendo contemplado la vida humana en el contexto del tiempo, y considerando lo complejo que es en si misma la vida, podemos dar un paso más y reconocer que nuestras vidas están llenas de cambios e incertidumbres, y hay pocas cosas que podamos dar por ciertas, sin embargo, existe un par de certezas que nos permiten valorar la vida que tenemos y tomar perspectiva de ella, me refiero a contemplar la vida desde la perspectiva del nacimiento y de la muerte.

La primera gran certeza que tenemos es que nacemos, aunque no lo hayamos elegido, somos fruto de las acciones de nuestros progenitores, nos vemos viviendo en un mundo que está existiendo junto a nosotros, podríamos no haber nacido y sin embargo nacemos, estamos vivos.

Caminamos, respiramos e interactuamos con otras personas y ninguno de nosotros eligió vivir, ni el lugar ni las circunstancias en las cuales vivimos. Nos guste o no nos guste, somos quienes somos gracias a otros que nos dieron la vida, y gracias a un largo linaje que nos antecede.

La segunda gran certeza que tenemos está en el otro extremo, y tiene que ver con que nuestras vidas se acabarán en algún momento. Nos guste o no nos guste moriremos. Tenemos la ineludible certeza que nuestras vidas se acabarán y dejaremos este mundo al cual un día llegamos sin quererlo.

Más allá de los significados y las creencias que tengamos sobre qué ocurre después morir, lo cual es hasta el momento una gran interrogante, lo que si es claro es que moriremos.

Cada cultura y cada persona enfrentan de manera diferente estas dos grandes certezas, y en todas las tradiciones conocidas la religión y los sistemas de creencias ha jugado un rol central para ayudarnos y buscar darle sentido a estas dos grandes certezas, especialmente buscando ofrecer respuestas y consuelo ante el ineludible hecho que nuestras vidas son finitas.

Entre estas dos grandes certezas, la de estar vivos y la de que moriremos, tenemos el paréntesis que termina siendo nuestra vida, y si bien no eleginos nacer ni podemos evitar morir, si podemos elegir algo (al menos parcialmente), podemos elegir el cómo vivir.

La pregunta por el cómo vivir aparece entonces con un renovado y existencial ímpetud.

Conclusión: Ser conscientes, comprender y apreciar lo que implica ser un ser humano

El presente ensayo apela a que podamos desarrollar una percepción más amplia de lo que implica ser un ser humano, ya que desde esta perspectiva podemos desarrollar una mejor comprensión de nosotros mismos y de los demás, lo cual nos da la posibilidad para apreciar quienes somos.

Si le dieramos una forma a esta idea podríamos graficarlo tal como aparece en la figura N°1

Figura N°1: Ciclo de la presencia plena-perspectiva y emergencia del asombro y gratitud ante lo que implica ser un ser humano.

Podríamos pensar que el proceso de tomar consciencia nos ayuda a tener perspectiva, y al contemplar con mayor perspectiva esto nos permite conectar con un sentimiento de asombro y gratitud por nuestras vidas, al reconocer lo improbable y fragil que es la vida. Podemos pensarla como un círculo virtuoso que se va actualizando.

Vivir apreciando nuestras vidas

Desde la perspectiva planteada no necesitamos tener una fé o una religión extrínseca para aprender a valorar y apreciar el milagro que implica tener una vida humana, basta con mirar el contexto en el cual surge para reconocer lo valiosa que es.

En este punto surge la relevancia del ser consciente, el cual implica por un lado vivenciar nuestras vidas directamente, y por otro lado darnos cuenta de que estamos viviendo, en el aquí y en el ahora.

Darnos cuenta, despertar a nuestro entorno y a nosotros mismos, vivir con la apertura y flexibilidad suficiente para aprender y descubrir que en el juego de la vida no hay reglas fijas ni definitivas, y que en cada instante van emergiendo nuevos momentos que interpelan nuestra presencia plena.

Ser conscientes es una invitación a darnos cuenta de nosotros mismos, observando con curiosidad lo que nos ocurre y aprender que podemos ejercer nuestra libertad, al menos en el espacio que se da entre el estímulo y la respuesta (Frankl, 1946/2010). Allí hay un espacio donde nos jugamos nuestra libertad, pudiendo decidir no sólo reaccionar ante lo que nos ocurre, sino que actuar y responder.

¿Qué decidimos hacer con nuestros pensamientos, emociones e intenciones?

¿Cuáles son el tipo de relaciones que queremos cultivar ? y finalmente

¿Cómo queremos vivir nuestras vidas?

Estas preguntas nos interpelan, nos invitan a mirar nuestras vidas para vivirlas con un mayor cuidado por el ser que somos y el ser que son los demás , y nos invitan a desarrollar las habilidades de ser conscientes y compasivos.

Tomar perspectiva nos ayuda a conectar con lo que implica ser un ser humano, con ser un ser sintiente, no para sentirnos especiales y separados de los demás, sino al contrario, para valorar y apreciar el regalo que compartimos, el estar vivos.

De cultivar una mayor consciencia puede surgir una natural gratitud y compasión por los demás seres y por nosotros mismos, reconociendo que compartimos un mismo camino.

Aprender a cuidarnos unos a otros, al menos a mi, me devuelve la esperanza.

 

Referencias

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